domingo, 25 de mayo de 2014

SMPR #Azaral7días7partos (Domingo)

La semana del 19 al 25 de Mayo se celebra la Semana Mundial del Parto Respetado bajo el lema "Parir es poder". Con la iniciativa #Azaral7días7partos vamos a publicar un relato de parto diario para celebrar esta semana. Serán 7 partos respetados y no respetados. Partos para aprender, para compartir sentimientos...


Hoy terminamos la saga de partos de la iniciativa #Azaral7días7partos con el parto de Eugenia y Nerea. Nos quedan algunos relatos por publicar de los que hemos recibido para celebrar esta Semana Mundial del Parto Respetado. Los iremos publicando poco a poco en las siguientes semanas. Muchísimas gracias por la difusión que ha tenido este pequeño evento. Sin más, ahí va el último relato:


Nerea nació hace veinte días. Me resuena mi propia emoción cuando me di la vuelta después de parir y repetí: "¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos!" Creo que desde los tres o cuatro meses de gestación ya tenía claro que quería un parto en el que las protagonistas fuéramos nosotras, mi niña y yo. Tenía mucha información, muchas experiencias de otras mamás empoderadas, habíamos asistido al taller de preparación a la maternidad y paternidad consciente de Carol y en medio de todo yo me decía que yo también podía. Pero también me permití la posibilidad de fracasar. Me dije que yo sabía lo que quería de forma consciente, pero que quizás había algo en mi inconsciente que podía entorpecerlo. Quién sabe. A lo mejor aceptarme así, con mi fuerza y mi debilidad, me permitió prepararme para lograr tener el parto que quería. 

Nerea y yo lo conseguimos gracias a su papá. Yo necesitaba que quien me acompañara estuviera ahí, así de simple y así de importante. Necesitaba que me soportara, me atendiera, respondiera rápido a lo que yo pidiera, no me cuestionara o me hiciera dudar sino que me dejara convertirme en mamífera de parto, a mí que me pierde ser tan mental y me cuesta tanto dejarme llevar... Tardé en darme cuenta de que él era la única y mejor elección para acompañarnos a nacer... porque nacimosNerea y yo. Nació nuestra hija y nacieron "yoes" que llevaban cuarenta años gestándose sin atreverse a salir aún. 
Fue un parto rápido. Ese día por la mañana sentí que llegaba la hora y por la tarde ya tenía claro que estaba de parto. Las contracciones no me dolían. Se fueron intensificando y yo necesité balancearme y no parar de moverme cada vez que llegaba una oleada. ¡Gracias Carol por contarnos que tú te movías cuando fue a nacer tu Zoe! Lo había leído en varios sitios pero lo que me resonó aquel día fuiste tú. Y llegó la hora de ir a la clínica. Estaba claro.
No poder balancearme en el coche durante las contracciones que tuve en el trayecto aumentaba mucho el dolor. Pero no tenía miedo. Me sentía segura. Cuando por fin llegamos y vino otra contracción mientras estábamos en el mostrador de admisión, mi pudor dejó de existir. No recuerdo muy bien cómo me coloqué pero me balanceaba, respiraba, no sé bien si me agaché... mientras había quien miraba y a mi ya me daba todo igual. 

El protocolo de la clínica era lo que más me turbaba en mi proceso de preparación. Pero llegamos el día oportuno a la hora oportuna. Pasé a monitores, me dijeron que estaba de tres centímetros y enseguida dije que me tenía que levantar porque sentada no podía sobrellevar las contracciones. Al poco pedí irme a la habitación a dilatar porque allí no podía. Aquella matrona sabía lo que se hacía. 

En la habitación perdí mi conexión con el mundo exterior. Y también flaqueé. "¡Ay, sujétame! Así no, así..." Y él me sujetaba tal y como yo necesitaba. Ya no podía escuchar la música que llevaba en mi ipod (no recuerdo en qué momento fue), y en alguna ocasión ni siquiera me podía balancear sino que iba sintiendo la necesidad de hundirme. Empecé a decirme en silencio algo parecido a "No voy a poder. Voy a pedir la epidural. No tengo por qué ser una heroína", terminaba la contracción, gemía y me sentía que fracasaba. Pero en algún momento lo dije en voz alta y él me dijo que sí podía. Y pudimos. Me apoyé en la cama, apareció una fisura con una contracción y empezó a salir líquido. Otra contracción y noté algo parecido a un estallido y salió mucho líquido sucio. Sentí la necesidad imperiosa de subirme a la cama a empujar. No sé cuándo llegaron pero oí de lejos a la matrona decirme algo parecido a: "¿Quieres parir aquí?" Pero había otra persona, una enfermera creo, que no sé cómo conseguí anular en mi cabeza, porque se empeñaba en traerme al mundo real: "Señora, esto, señora, lo otro." No recuerdo ahora qué es lo que me decía. 

Finalmente fuimos al paritorio. Me llevaron. Yo no estaba en mí. Cuando llegamos me apoyé en la cama y me fui agachando hacia el suelo con aquella contracción que me hizo otra vez querer hundirme. Era como si quisiera que me tragara la tierra... como si quisiera nacer yo pasando por una especie de túnel. La matrona me dijo que no podía parir en el suelo. Una fuerza me hizo subirme a la cama y ponerme a cuatro patas. Notaba que ya Nerea estaba allí. Qué sensación tan desconocida pero tan evidente: Nerea estaba allí. Notaba una bola queriendo salir de mí. "¿Quieres parir así?" me dijo la matrona. Seguí a cuatro patas y empujé. "Otro empujoncito" o algo similar me dijo el papá, y entonces bajé la cabeza y vi a mi niña salir y ser recogida por la matrona. Me di la vuelta y nos reconocimos mi niña y yo. Estábamos piel con piel, como nosotras queríamos. "A ver si ya dejó de latir..." La matrona esperó a que el cordón dejara de latir y el papá lo cortó. Era como en los vídeos que había visto: Nerea estaba despierta, trepaba, chasqueaba la boquita. Eran las 11 de la noche del día 1 de mayo.
Desde ese momento las sensaciones han sido nuevas pero esperadas: Nerea y yo nos conocemos y nos entendemos. Todo fluye, se me derrama la leche con frecuencia y me moja el pantalón, o la cama, o su ropita... Como no tuve ni un desgarro y no necesité ni un punto, me sentí tan natural desde el principio que cuando nos dieron el alta fuimos esa misma tarde a la celebración del cumpleaños de mi hijo Miguel. Él había dicho que quería que su hermana fuera a su cumpleaños, y Nerea nació para estar allí para sorpresa de todos. Y yo me sentía bien. Después ha habido momentos de recogimiento, momentos de euforia, mucho porteo (no hay carro aún en casa), papá cuidándonos, ratos de melancolía, escenas de hermanos que me emocionan (Nerea tiene un hermano y dos hermanas), miedos de ¿sabré-adaptarme-a-esto-o-lo-otro?, una sensación permanente de estar en una nube, otro planeta que no me deja razonar mucho e incluso me faltan las palabras adecuadas para expresarme muchas veces. Y hay, sobre todo, amor. Mucho amor. Siento un amor infinito y sereno. Y un agradecimiento inconmensurable.

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